¿Perder es ganar?

En las discusiones, lo que importa más que ganar o perder es conservar la relación con la otra persona.

undefined

Todos los seres vivos tienen un instinto de ganar. Para los animales, la victoria y la derrota están vinculadas directamente a la supervivencia: deben ganar para comer y para evitar ser comidos. Los conflictos humanos pueden no ser asuntos de vida o muerte, pero constantemente nos encontramos compitiendo, y al salir adelante, obtenemos lo que deseamos y aseguramos una posición ventajosa.

Al perseguir nuestros objetivos, en situaciones en las que la competencia es inevitable, como en disputas legales o deportes, es apropiado esforzarse por una victoria justa. Sin embargo, a menudo convertimos incluso asuntos triviales y cotidianos en concursos. Como las dos cabras de la fábula que se niegan obstinadamente a ceder en un puente estrecho, caemos en la creencia errónea de que ceder significa perder y que insistir en nuestro propio camino significa ganar.

Las dos cabras, que no estaban dispuestas a dar ni un paso atrás, acabaron sufriendo el desastre. Si tan solo una de ellas hubiera cedido, el resultado habría sido completamente diferente. Cuando aprendemos a controlar nuestro instinto de ganar, especialmente en situaciones donde no existe una victoria real, podemos evitar peleas innecesarias y vivir más pacíficamente. La frase “perder es ganar” puede sonar paradójica, pero conlleva una profunda sabiduría para la vida.



Cómo una conversación se convierte en una discusión


¿Alguna vez ha disfrutado de una conversación agradable y de repente se ha encontrado en medio de una acalorada discusión sobre quién tiene la razón y quién no? Estos momentos suelen surgir cuando los valores entran en conflicto. Debido a que nuestro temperamento, antecedentes y experiencia de vida difieren, nuestros hábitos, creencias y estándares morales naturalmente difieren también.

Sin embargo, cuando alguien expresa una opinión que va en contra de lo que consideramos sentido común, a menudo nos apresuramos a contradecirlo en un esfuerzo por demostrar que tenemos la razón. La conversación genuina solo es posible cuando ambas partes tratan de entender y respetar las perspectivas de cada uno. Pero en el momento en que insistimos en que están equivocados y en que tenemos razón, el diálogo pacífico se vuelve casi imposible.

Cuando usamos la lógica para obligar a alguien a estar de acuerdo con nosotros, la conversación se transforma en una batalla verbal, es decir, una discusión. Y las discusiones son chispas que encienden el conflicto. Ya que todos tenemos el instinto de ganar, una vez que comienza una discusión, la urgencia de no perder se eleva rápidamente dentro de nosotros. Lo que comienza como una conversación tranquila se convierte en una lucha de voluntades, y el orgullo pronto entra en juego. Una vez que el orgullo entra en juego, aunque nos demos cuenta de que estamos equivocados, a menudo nos negamos a ceder. Incapaces de manejar nuestras emociones, la ira estalla y podemos terminar diciendo cosas que nunca quisimos decir realmente.

Las discusiones nunca son culpa de una sola persona. Uno de ellos puede ser terco o adoptar una postura agresiva a veces, pero como dice el dicho, se necesitan dos para provocar una pelea. Una vez que estalla una discusión, la responsabilidad recae en ambos.



Ganar una discusión significa perder


Después de un intercambio tenso en el que ninguna de las partes está dispuesta a ceder, ¿qué queda? Aunque logremos dominar a la otra persona con palabras, lo único que ganamos es una fugaz sensación de superioridad. Esperar que se den cuenta de su error y nos agradezcan por corregirlos no es más que una ilusión.

Las discusiones no cambian la opinión de la gente, porque la lógica por sí sola rara vez persuade. Una investigación de la Universidad de Pensilvania muestra que cuando las personas sienten que sus opiniones son rechazadas, tienden a creer que no es porque estén equivocadas, sino porque la otra persona simplemente no las escucha. Admitir nuestros propios errores es difícil. Además, como somos seres emocionales, incluso los puntos más lógicos y válidos pueden herir nuestro orgullo cuando “perdemos” una discusión. Y una vez que nuestro orgullo es herido, fácilmente surge el resentimiento, que finalmente conduce a la hostilidad.

Benjamin Franklin dijo una vez: “Si discute usted, y pelea y contradice, puede lograr muchas veces un triunfo, pero será un triunfo vacío, porque jamás obtendrá la buena voluntad del oponente”. Ganar una discusión a menudo significa perder el corazón de la otra persona. Y una vez que perdemos el corazón de alguien, ninguna cantidad de razonamiento puede convertirlo en una verdadera victoria. Al final, pasamos por alto lo que realmente importa.

Algunas personas pueden creer que la crítica directa es la única forma de corregir el pensamiento erróneo de alguien. En realidad, la crítica directa rara vez produce mejoras;más bien, provoca resentimiento y actitud defensiva. Un enfoque más gentil reducir el tono de la confrontación y crear una atmósfera abierta y relajada— tiende a hacer que las conversaciones sean mucho más productivas.



Cuando damos un paso atrás en una discusión, ganamos


Los padres que compiten con sus hijos pequeños a menudo fingen que se esfuerzan, solo para dejar que el niño gane. El objetivo no es conseguir la victoria, sino compartir un momento de conexión y unión. Del mismo modo, el propósito de la conversación no es determinar quién gana o pierde, sino construir cercanía y ganar el corazón de la otra persona.

Como dijo el escritor francés François de La Rochefoucauld: “Si quieres tener enemigos, supera a tus amigos; si quieres tener amigos, deja que tus amigos te superen”. Para entablar una conversación que gane corazones, es importante reconocer las palabras de la otra persona con frases como “así es” o “entiendo”. Todos quieren ser entendidos y que sus palabras sean aceptadas. Los conversadores hábiles reconocen esto y guían las discusiones de una manera que permite que la otra persona sienta que está ganando. Incluso cuando la otra persona está equivocada, evitan contradecirla o arrinconarla, eligiendo en su lugar dar un paso atrás y afirmar el punto primero.

Retroceder no nos hace débiles. Es una elección inteligente, porque prevenir el conflicto reconociendo a la otra persona es, en última instancia, mucho más beneficioso que intensificar una discusión insistiendo en tener razón. Una diferencia de opinión no tiene por qué convertir a las personas en enemigos. Si una conversación no va bien, podemos preguntarnos: “¿Quiero ser su enemigo o su aliado?”. Al dejar ir la necesidad de ganar, podemos evitar lastimarnos unos a otros innecesariamente. Las palabras amables, más que los argumentos lógicos, conquistan los corazones. Y aunque ceder y tratar de comprender pueda parecer una pérdida en el momento, con el tiempo volverá a nosotros como algo bueno.



Cuando nada perdura, ganamos


Como todos queremos sentirnos comprendidos y reconocidos, ceder ante alguien que tiene una opinión opuesta no es tan fácil como parece. El verdadero ceder significa gestionar las emociones negativas de forma saludable, sin dejar que broten. Simplemente fingir que estamos de acuerdo o forzarnos a reprimir esas emociones puede llevarnos a consecuencias no deseadas más adelante. Inconscientemente, puede surgir un sentimiento de queja o un deseo recíproco, y podríamos pensar: “He soportado esto, así que deberían apreciarlo” o “Cedí esta vez, así que la próxima usted debería ceder también”. Cuando la otra persona no cumple con estas expectativas tácitas, la ira puede estallar fácilmente.

Esta mentalidad se vuelve aún más fuerte cuando somos conscientes de nuestra propia consideración o sacrificio. Lo que para nosotros parece un acto considerado o un gesto amable, puede no ser percibido como tal por la otra persona, por lo que suponer que nuestras palabras y acciones son “consideradas” no siempre es confiable. Y cuando nos sentimos molestos porque la otra persona no reconoce nuestra concesión, esa reacción es, en última instancia, unilateral y egocéntrica.

Podemos pensar que somos los que cedemos, pero la otra persona puede estar haciendo esfuerzos aún mayores. La creencia de que únicamente nosotros estamos soportando la carga solo causa angustia a ambas partes. Si después de ceder, continuamos pensando en el incidente o dejamos que nuestras emociones se agraven, no habremos “ganado” verdaderamente. El principio de que “perder es ganar” solo se aplica cuando, después de dar un paso atrás, podemos aceptar a la otra persona tal como es y dejar que el asunto se desvanezca de nuestros corazones.



Muchas cosas que parecen cruciales en el momento a menudo resultan ser triviales en retrospectiva. Hay momentos en que ceder incluso un centímetro parece desastroso, pero después nos preguntamos por qué luchamos tanto para ganar. Esto es especialmente cierto en las relaciones familiares; nuestros seres queridos no son oponentes y el hogar no es un lugar para ver quién tiene la razón. Cuando nos negamos a ceder e insistimos en estar en lo correcto con quienes amamos, solo quedan heridas. Es mucho más importante preguntarse: “¿Qué traerá esto?”, en lugar de: “¿Cómo puedo ganar?”. La paz se establece en el hogar cuando ambas partes ceden voluntariamente, manteniendo las discusiones (las semillas del conflicto) fuera de nuestras conversaciones.

Se necesita fuerza para ganar, pero se necesita amor para perder. Un padre deja que su hijo gane en la lucha de brazos porque lo ama. Cuando alguien cede o se disculpa con nosotros, no es porque le falte fuerza para ganar o porque necesariamente haya tenido la culpa, sino porque se preocupa por nosotros. Cuando valoramos la felicidad con aquellos que amamos, podemos dejar ir el orgullo vacío de tener que ganar, sinobligarnos a soportar. En definitiva, tratar de ganar hace a todos infelices, mientras que ceder trae alegría compartida.
Go Top
¿Realmente desea eliminar? No se podrá recuperar.