
#1
—¡Quiquiriquí!
Cuando amanecía, el canto del padre gallo irrumpió en el aire sereno de la mañana. Piquito se frotó los ojos soñolientos y se levantó de su cama. Tras sacudir la paja de sus plumas, se inclinó para sorber unas gotas de agua acumuladas en un charco del patio. Después de limpiar su garganta, comenzó a practicar.
—Ejem, ejem... ¡pío! ¡pío!
En la perrera cercana, la madre de Dormilón apenas logró abrir un ojo y volvió a dormirse. Dormilón, el cachorro, era el buen amigo de Piquito.
—Mi voz todavía no es fuerte —murmuró Piquito—, pero algún día seré como papá, ¡despertando a todos con mi orgullosa llamada matutina! ¡Así es! Porque, ¿sabes quién soy? ¡Soy un pollito fuerte! ¡Pío, pío!
—Mamá, Piquito está haciendo ruido otra vez —gruñó Dormilón, revolviéndose en los brazos de su madre.
Al oír el alboroto, su madre entreabrió un ojo una vez más.
—Oh, ¿mi dulce bebé se despertó? —dijo su madre cariñosamente—. Ven aquí, cariño. Te cantaré una canción de cuna. Duerme bien, mi bebé...
Dormilón cerró bien los ojos, acurrucándose más profundamente en el cálido pelaje de su madre, con su rostro tranquilo y contento, cuando de repente se oyó una voz fuerte:
—¡Oye! ¿Todavía estás durmiendo?
—¡Oh, cielos!
Sobresaltada, la madre de Dormilón se puso de pie, y Dormilón corrió tras ella.
—Piquito, querido —dijo con amabilidad, pero con firmeza—, es de mala educación sorprender a los demás y asustarlos. Dormilón todavía quiere dormir un poco más. ¿Por qué no vuelves y juegan más tarde?
Piquito frunció el ceño e hizo un puchero con su pequeño pico en señal de protesta, y se marchó. Mientras regresaba al gallinero, un gorrión que picoteaba unos granos de arroz en el suelo levantó la vista y gorjeó a modo de saludo.
—¡Hola! Soy Risueño.
—Soy Piquito —contestó de manera cortante—. Lo siento, estoy ocupado en este momento. Adiós.
Piquito intentó pasar de largo con una respuesta altiva, pero el gorrión revoloteó más cerca, con los ojos brillantes de emoción.
—Oye, ¿no crees que nos parecemos?
—¿Qué? ¡Para nada! —dijo Piquito, esponjando sus suaves plumas amarillas—. ¡Mi plumaje es brillante y sedoso, pero el tuyo es áspero y opaco!
—Oh... ¿en serio? —tartamudeó Risueño.
Mientras Piquito lo miraba fijamente con seriedad, Risueño se rascó la cabeza avergonzado. Sin decir nada, Piquito se dio media vuelta y se alejó jactándose, dejando atrás al pequeño gorrión.
#2
—¿Dónde has estado? —preguntó la madre de Piquito.
—Fui a ver a Dormilón —respondió—, pero su mamá me dijo que todavía estaba durmiendo y que regresara más tarde.
—Bueno —dijo amablemente—, la próxima vez, espera hasta que el sol esté un poco más alto antes de visitarlo. Debes de tener hambre. Ven a desayunar.
Justo en ese momento, el padre de Piquito regresó del patio trasero, llevando unos gusanos regordetes para Piquito y su madre. La madre de Piquito cubría suavemente con sus alas a los huevos que pronto eclosionarían.
—Piquito —susurró su madre—, muy pronto conocerás a tus hermanitos.
—Cuando eclosionen, los protegeré —dijo Piquito, inflando su pequeño pecho—. ¡Si alguien trata de hacerles daño, los picotearé con fuerza, con mi fuerte pico!
—Qué alivio, Piquito —se rio su madre—. Tenemos suerte de tener un pollito valiente.
Después de un delicioso desayuno, Piquito se preguntó qué haría después; entonces recordó al abuelo Caprino, que vivía al otro lado del patio, en el viejo granero. La última vez que se vieron, el abuelo Caprino había dicho que, como ya era mayor, yano dormía mucho por las mañanas y que Piquito podía visitarlo en cualquier momento.
—Abuelo Caprino, ¿está ahí?
—¡Oh, Piquito! —respondió con un suave balido—. ¿Qué te trae por aquí tan temprano?
—Estoy aburrido —contestó—, y Dormilón todavía está durmiendo.
—En ese caso —dijo el abuelo Caprino con brillo en los ojos—, ese conejito Saltarín también parece aburrido; ¿por qué no juegan juntos?
Señaló con la cabeza al conejo, que mordisqueaba la hierba fresca al lado de la conejera.
—No es divertido jugar con él —se quejó Piquito—. Solo le gustan los juegos de salto y, por supuesto, siempre gana.
—Ah, ya veo. Pero a ti también te gustan los juegos en los que puedes ganar, ¿verdad que sí? —se rio el abuelo Caprino.
—¡Por supuesto! Soy un pollito fuerte, como ya sabe. ¡Mi mamá dice que yo era tan fuerte que rompí mi duro cascarón yo solo cuando nací!
—¿En serio? Qué impresionante —comentó el abuelo Caprino con una cálida sonrisa.
—Justo anteayer —continuó Piquito con orgullo—, un gato pasó sigilosamente por la puerta y me miró fijamente, pero yo abrí bien mis alas, me inflé y dejé escapar un fuerte grito. ¡Si usted lo hubiera visto correr! ¡Huyó a toda prisa! Ja, ja.
—Ja, ja. ¡Piquito, eres un pollito muy fuerte!
El abuelo Caprino se rio a carcajadas. Sabía perfectamente que al gato no le había asustado Piquito, sino la fiera mamá gallina que se encontraba detrás de él protegiéndolo. Aun así, dejó que el orgulloso pollito tuviera su momento de triunfo. Mientras observaba a Piquito presumir, el abuelo Caprino le hizo compañía y escuchó sus historias hasta que el rocío de la mañana comenzó a desvanecerse del césped.
#3
—¡Quiquiriquí!
Cuando su papá cantó, los ojos de Piquito se abrieron y su corazón palpitó de emoción. Había llegado el día en que sus hermanitos nacerían.
—Mamá, ¿cuándo saldrán los bebés?
—Bueno —susurró—, parece que están casi listos. Esperemos un poco más.
Piquito se quedó junto al gallinero en lugar de salir corriendo a jugar. No quería perderse el momento de ver llegar al mundo a sus hermanitos. La mañana se sentía inusualmente animada: los gorriones cantaban más fuerte que nunca.
—¡Pío, pío, pío!
—¡Oh, guarden silencio ya! —gruñó Piquito.
Salió furioso del gallinero y entró en el patio. Allí estaban Risueño y sus amigos, ocupados picoteando los granos esparcidos en el suelo.
—¡Chicos, bajen la voz! ¡Mis hermanitos están a punto de eclosionar! —dijo Piquito muy enfadado.
—¡Oh, lo siento! —se disculpó Risueño agitando las alas—. Espera, ¿dijiste que tus hermanos están eclosionando?
—Así es. Saldrán de sus huevos en cualquier momento —respondió Piquito.
—¿Puedo ir a ver? —preguntó Risueño.
—Pues... supongo que sí —respondió Piquito—. Ven, sígueme.
Piquito iba adelante, con Risueño justo detrás. Al verlos, Dormilón y Saltarín también se unieron. Al poco tiempo, una pequeña multitud se había reunido frente al gallinero, como si anticipara un gran espectáculo. Piquito y sus amigos contuvieron la respiración, esperando ansiosamente a que los pollitos nacieran.

Justo cuando Dormilón empezó a cabecear, uno de los huevos se tambaleó ligeramente. Luego otro empezó a moverse. Pronto, un pequeño pico translúcido asomó por una grieta, formando una pequeña abertura. Poco a poco, la grieta se fue ensanchando y, finalmente, el cascarón se partió en dos, revelando un pollito acurrucado que parpadeaba ante la luz. Uno por uno, el resto de los pollitos le siguieron, llenando el gallinero con brillantes y alegres gorjeos. Al oír el alboroto, la esposa del granjero se acercó.
—Uno, dos, tres y cuatro —contó—. Igual que la última vez, un huevo se está tomando su tiempo. Muy bien, el resto de ustedes, vengan conmigo. Tú te quedarás aquí, pequeño.
La esposa del granjero se llevó a los pollitos recién nacidos, dejando atrás al único huevo que quedaba. Se tambaleaba débilmente, pero no se podía abrir. Entonces la mamá gallina lo golpeó suavemente con su pico.
—¡Crack!
De pronto, apareció un pequeño agujero. Por dentro, el pollito empezó a picotear, pero después de unos cuantos intentos, se quedó quieto, demasiado cansado para continuar. La mamá gallina dio otro suave picotazo alentador. El pollito se movió una vez más, retorciéndose y empujando con todas sus fuerzas. Y por fin, se liberó y levantó su pequeña y húmeda cabeza hacia el mundo.
—¡Vaya!

Piquito, Risueño, Dormilón y Saltarín dieron una gran ovación y sus voces resonaron en todo el patio en celebración del valiente pollito que acababa de nacer.
#4
Piquito miró con asombro a su hermanito recién nacido. Lleno de emoción, corrió a darle al abuelo Caprino la buena noticia. Mientras Piquito parloteaba, describiendo cada detalle de la eclosión, el abuelo escuchó con una sonrisa amable y sabia.
—El pollito que nació hoy —dijo el abuelo con dulzura— es igual a ti.
—¿A mí?
—Sí. Todos los demás pollitos ya habían nacido, pero tú no salías, por mucho que esperáramos. La esposa del granjero decidió dejarte al lado de tu madre. Ella picoteaba desde fuera y tú picoteabas desde dentro, hasta que, por fin, te liberaste. Todavía recuerdo lo conmovido que estaba, viendo ese momento.
—¡Eso no es cierto! —protestó Piquito—. Mamá dijo que rompí el cascarón yo solo. ¡Ella dijo que yo era muy fuerte!
—Bueno —dijo el abuelo Caprino con amabilidad—, lo que tu madre quiso decir fue que esperaba que su hijo, tan pequeño y frágil, creciera valiente y fuerte. Ella dijo eso porque te ama.
Piquito caminó lentamente hacia su casa, pensando una y otra vez en las palabras del abuelo. En casa, la mamá gallina sostenía al pequeño y húmedo pollito bajo sus alas, manteniéndolo caliente. La vista llenó el gallinero de una calma tranquila y pacífica. Por un momento, mientras Piquito miraba al pequeño recién nacido, se vio reflejado en él, tal como había dicho el abuelo Caprino.
Entonces, su mirada cayó en el pico de su madre. Estaba rasguñado y gastado. Con ese pico, cavaba la tierra para encontrar comida, rompía granos duros en pedazos pequeños para sus polluelos y lo agitaba ferozmente para ahuyentar a los gatos y a los cuervos. Y con ese mismo pico cansado, había golpeado suavemente los huevos que no podían romperse por sí solos, ayudándolo a él, y ahora a su pequeño hermano, a llegar al mundo.
Por primera vez, Piquito miró de cerca esas cicatrices, y lágrimas brotaron de sus ojos. Dormilón y Saltarín inclinaron la cabeza con curiosidad, desconcertados al ver a Piquito llorando; después de todo, siempre había dicho que los pollitos fuertes nunca lloran. Pero ese día, Piquito se acurrucó en el cálido abrazo de su madre, su hermano pequeño se acurrucó a su lado y, por un largo rato, simplemente se quedó allí, disfrutando del profundo calor de su amor.
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