
#1
La familia de Tom estaba formada por cinco personas: su padre, su madre, su hermana mayor, su abuela y el propio Tom. Hace poco, el negocio de su padre atravesó dificultades económicas, lo que obligó a la familia a mudarse a una casa pequeña y antigua. Poco después de que se mudaran, los problemas parecían seguirlos por todas partes. Las luces parpadeaban repentinamente, el reloj de pared dejó de funcionar y el agua caliente a menudo fallaba. No habían querido mudarse desde un principio, y al ver que se caía a pedazos poco a poco, la frustración de la familia continuó creciendo.
—Le dije a tu padre, pero ha estado muy ocupado. No estoy segura de cuándo sacará tiempo para eso —respondió su mamá desde la cocina. Preparaba la cena con la tenue luz de una lámpara que reemplazaba la luz del techo, que estaba rota.
—¡Ay, mi espalda! Debe de estar lloviendo —gimió la abuela.
—¿No fue al médico hoy? —preguntó la mamá—. ¿Por qué no se hace una revisión médica si es evidente que le duele mucho?
—Es algo crónico —suspiró la abuela—. El hospital no ayudará. Solo tengo que soportarlo.
La voz de la abuela se fue apagando. Un minuto después, la puerta principal se abrió de golpe y el padre de Tom entró gritando bruscamente por teléfono.
—¿Cómo puedes seguir presionándome cuando sabes exactamente por lo que estoy pasando? —gritó.
En ese preciso instante, la pelota de goma con la que Tom estaba jugando rebotó en el suelo y voló en dirección a su padre. Lo golpeó justo en el brazo derecho, haciendo que soltara el teléfono y que este se estrellara ruidosamente contra el suelo.
—¡Tom, te dije que no jugaras con esa pelota en la casa! —gritó su padre.
Ante el estallido repentino, Tom rápidamente le arrebató la pelota y entró en su habitación. Entonces sucedió. Sin que nadie lo tocara, el televisor de la sala parpadeó y se apagó. Su abuela, que estaba concentrada en un programa de salud, ladeó la cabeza confundida. Presionó el botón de encendido en el control remoto una y otra vez, pero la pantalla seguía en negro.
—¿Por qué está fallando esto? —murmuró.
—Déjeme ver —dijo el papá.
Tomó el control remoto y pulsó el botón de encendido varias veces. Como seguía sin responder, se acercó al televisor y pulsó con fuerza el botón de encendido. Seguía igual; la pantalla no era más que un vacío negro que se burlaba de sus intentos.
—Qué extraño —dijo.
—¿Y cuándo vas a arreglar el calentador de agua? —insistió su esposa.
Pero el padre de Tom, que ya estaba nervioso por la repentina falla del televisor, simplemente la ignoró con un vago gesto de la mano.
—¡Achís!
Joy estornudó al salir del baño, después de haberse visto obligada a bañarse con agua fría. Con la nariz congestionada, se quejó con una voz gruesa y nasal:
—Realmente odio esta casa.
#2
La familia cenó bajo la tenue luz de una lámpara, mientras un pesado silencio envolvía la mesa. Tom permaneció sentado, tan quieto como una estatua, con cuidado de no provocar la ira de su padre, mientras Joy seguía moqueando y estornudando intermitentemente. De vez en cuando, la abuela enderezaba su espalda dolorida, pero se mantenía en silencio para no agobiar a su nuera. Con la esperanza de romper aquel ambiente opresivo, la madre se acercó y encendió la radio. La alegre voz del locutor llenó la sala, y mientras conversaba animadamente con un invitado, estalló de repente en una risa ruidosa.
—¡Estás bromeando! ¿Eso realmente pasó? Ja, ja.
Justo entonces, sucedió. De repente, la cocina se llenó de luz. Las bombillas del techo, apagadas y sin vida hasta hacía un momento, volvieron a encenderse con fuerza. La familia se quedó paralizada, intercambiando miradas de asombro ante la repentina luminosidad.
—Bueno —dijo el padre, apagando la lámpara—, es una cosa menos que arreglar.
Con la sala finalmente iluminada, la tensión en la mesa comenzó a relajarse.
—¿Pero por qué el televisor se puso así? Antes estaba funcionando bien —dijo la abuela con extrañeza, dejando ver su frustración por no haber podido ver su programa.
—¿Por qué no aprovechamos y cambiamos el televisor? —sugirió la madre, dirigiendo su mirada a su esposo—. Sinceramente, ya estaba esperando a que ese traste viejo pasara a mejor vida.
Justo cuando habló, otra carcajada estalló en la radio. Entonces, como si estuviera planeado, el televisor se encendió solo.
—Parece que no vamos a necesitar uno nuevo después de todo —dijo el padre, con una rara sonrisa que se dibujaba en la comisura de sus labios.
En ese instante, Joy contuvo el aliento y soltó un grito, como si hubiera hecho un descubrimiento trascendental:
—¡Eureka!
Todas las miradas se dirigieron hacia ella mientras continuaba, alzando la voz con entusiasmo.
—¡El regreso de la luz y el encendido del televisor están conectados! En ambas ocasiones, ocurrió justo cuando se oyeron risas en la radio. Ese es el secreto de esta casa: ¡la risa es su fuente de poder! Entonces, ¿cuándo se acaba la energía?
—¿Cuando la gente se enfada? —se atrevió a hablar Tom, con voz baja y titubeante.
—¡Exacto! —dijo Joy con total convicción—. ¿Cuándo se apagó el televisor?
—Cuando tu padre le alzó la voz a Tom —contestó la abuela.
—¿Lo ven? ¡Estoy segura de ello!
—¡Ay, por favor, eso no puede ser cierto! —dijo Tom—.
Entonces, intentemos reírnos todos juntos. Veamos si tienes razón.
La familia intercambió miradas incómodas y vacilantes, luego comenzaron a forzar algunos sonidos.
—Ja, ja, jo, jo, je, je, ji, ji.
En ese preciso instante, el reloj electrónico de pared, que había estado paralizado desde que se mudaron, emitió un suave sonido y comenzó a funcionar.
—Esperen, ¡en serio, tiene razón! —gritó Tom, con los ojos bien abiertos al no poder creerlo.

#3
Después de descubrir el secreto de su nuevo hogar, la familia de Tom hizo la promesa de reírse más, aunque tuvieran que forzar la risa al principio. A medida que hacían el esfuerzo de encontrar la alegría, comenzó a ocurrir un cambio natural: sus palabras se hicieron más positivas y su tono más suave. Uno a uno, los problemas que habían asolado la casa se desvanecieron, y todo volvió a la normalidad.
—Mamá, ¡se siente tan agradable tomar al fin una ducha caliente de nuevo! Ja, ja
—se rio Joy, con voz clara y fuerte.
—Es cierto —respondió la madre con una risa suave—. ¿Y cómo va tu resfriado?
—Creo que estoy mejorando ahora que he tomado el medicamento, je, je.
La madre se dirigió entonces a su suegra.
—Sra. Margaret, mañana hay pronóstico de lluvia. ¿Su espalda se encuentra bien?
—Ja ja, es tolerable —contestó—. Es curioso: cuanto más me quejaba de que me dolía, más parecía dolerme.
—Me alegro de que se sienta un poco mejor —dijo la madre—. Pero, por favor, avíseme si el dolor regresa. Estaré más que feliz de llevarla al hospital yo misma.
—Oh, querida, solo escucharte decir eso significa mucho para mí, jo, jo —se rio la abuela.
Un poco después, la puerta principal se abrió, y el padre de Tom entró, hablando por teléfono.
—Lo siento. Si pudiera darme un poco más de tiempo, buscaré el modo de solucionarlo.
Cuando Tom vio a su padre, se apresuró a lanzar la pelota a la canasta, pero falló el tiro. La pelota golpeó el brazo de su padre y, por una fracción de segundo, el teléfono estuvo a punto de caérsele de las manos, pero lo atrapó justo a tiempo con la otra mano.
—Muchas gracias. Si esto funciona, sabré que todo fue gracias a usted, ja, ja.
Tras colgar el teléfono, su padre dejó escapar un suspiro silencioso y cansado. Luego, forzando una suave sonrisa, se volvió hacia su hijo.
—Tom, parece que tienes muchas ganas de jugar. ¿Qué tal si vamos al parque juntos este fin de semana?
—Sí, me encantaría —gritó Tom, saltando de alegría.
—Entonces, por ahora, ¿podrías jugar a otra cosa en la casa?
—De acuerdo. ¡Voy a hacer origami con mi papel de color! —gritó Tom mientras Joy salía de su habitación.
El rostro de su padre se iluminó aún más.
—Joy, tu madre me contó sobre los resultados de tu competencia de matemáticas. ¡Buen trabajo, cariño! Ja, ja.
—No fue el primer puesto ni nada por el estilo —respondió Joy, con una mirada un poco tímida.
—El tercer puesto es un logro maravilloso, Joy. Estoy muy orgullosa de ti —añadió su abuela con una cálida sonrisa.
—Y para celebrar —dijo la madre desde la cocina mientras ponía la mesa—, ¡esta noche cenaremos pollo y pizza!
Tom y Joy vitorearon, y sus voces resonaron por toda la casa.
—Lo pedí con antelación para que pudiéramos comer en cuanto llegaras a casa —dijo la madre, alisando los manteles individuales—, pero no sé por qué no ha llegado todavía.
—¿No es ese el lugar donde se equivocaron con nuestro pedido la última vez? —preguntó el padre.
—Ese mismo. Pero su comida es realmente la mejor.
El padre de Tom levantó su teléfono, aclarando su garganta mientras marcaba.
—¿Hola? ¿Es la pizzería? Estoy llamando porque nuestro pedido todavía no ha llegado. ¿Qué? ¿Todavía lo están preparando? Hicimos el pedido hace bastante rato, ¿cómo es posible que aún no haya salido de la tienda?
Cuando su voz comenzó a elevarse, la tensión en la sala aumentó con ella.
—La vez pasada se confundió con el pedido y nos metió en un lío, ¿y ahora otra vez? ¿Trata de arruinar nuestra cena familiar?
Finalmente perdió los estribos y su voz resonó por toda la casa. En ese preciso instante, las luces del salón parpadearon y sumieron a la familia en la oscuridad total.
Las voces de la familia estallaron al unísono en las sombras:
—¡Papá!
—¡Cariño!
—¡Hijo!

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