Felicidad en cada gota


#1
Me escondí detrás de la colina y me quedé mirando el pueblo de abajo. Bajo el sol radiante, parecía más caliente que nunca. El arroyo que antaño atravesaba la aldea se había secado, dejando su cauce al descubierto. Incluso el pasto y los árboles, antes tan frescos y llenos de vida, ahora se marchitaban extenuados. Aun así, ignoré la escena y me aferré a mis gotas con mayor cuidado.

—Hum, a ver qué tal se las arreglan sin mí.

Soy una nube. Me encanta ver a la gente haciendo su vida en el pueblo de abajo. Una mujer colgando la ropa en el patio, un hombre ocupado en los cultivos, niños compitiendo en carreras por el pueblo y hablando con ruidoso entusiasmo, un perrito ladrando sin parar y un gato tomando una siesta subido a un muro. Cada vez que contemplaba aquel tranquilo pueblo, me sentía en paz, y antes de darme cuenta, una sonrisa se dibujaba en mi rostro.

Hace un mes que me escondí detrás de la colina. El aire frío y el aire cálido libraban una sorda batalla, manteniéndome inmovilizada en el lugar. Seguí recogiendo más y más gotas hasta que me sentí pesada, y fi nalmente, no tuve más remedio que dejar caer la lluvia. La lucha entre ellos era tan uniforme que ninguna de las partes cedió fácilmente, y tuve que seguir lloviendo y lloviendo.

Con el clima tan lúgubre, los aldeanos se quedaron en el interior y no pudieron seguir con sus rutinas habituales, dejándome sin nada que ver. Me aburrí. Mientras pasaba el tiempo de esa manera, de repente oí una voz teñida de frustración. Era la Sra. Lee, la de la casa con la puerta azul.

—Oh, querida, esto se está volviendo insoportable. ¿Alguna vez dejará de llover?

En ese preciso momento, algo dentro de mí cayó con un golpe seco. Parecía profundamente disgustada: fruncía el ceño y las comisuras de los labios se curvaban hacia abajo. No se parecía en nada a la radiante sonrisa que solía tener.

—La ropa no se seca y huele a humedad, la tinaja de arroz se ha humedecido y se está enmoheciendo, e incluso mi estado de ánimo se siente pesado. Realmente me gustaría que esta lluvia se detuviera.

Con un suspiro, alzó la vista al cielo mientras recortaba el perejil en el porche de madera. A su lado, su marido, el Sr. Lee, estaba colocando un mango nuevo a su azada y asintió con la cabeza en señal de acuerdo.

—Lo sé... Solo espero que las cosechas no empiecen a descomponerse.

Justo en ese momento, Bongseok llegó a casa después de la escuela. Con rostro sombrío, les mostró a sus padres los zapatos que llevaba puestos.


—¡Tengo los pies empapados, es horrible!

—Quítate los calcetines y lávate de inmediato —dijo su madre.

Aun refunfuñando, la siguió adentro. Al oír la conversación de la familia en la casa de la puerta azul, me sentí bastante consternada. Al poco tiempo, comenzaron a surgir en mí sentimientos agudos y punzantes.

—Les doy sombra y riego sus campos. ¿Cómo pueden decir esas cosas sobre mí? Si es así, entonces simplemente no derramaré ni una sola gota de lluvia.

Estiré mi cuerpo ancho y ondulante y me coloqué en un solo lugar. Al instante, el sol se abrió paso entre el cielo que se despejaba, derramando su luz. Los rostros de los aldeanos se iluminaron con la cálida luz del sol. En cuanto a mí, volví a escabullirme tras la colina y me quedé allí, totalmente quieta.



#2
Tras haber contenido la lluvia por tanto tiempo, mi cuerpo se volvió pesado y entumecido, enredado en gotas y polvo. Las apreté con fuerza, temiendo que cayera una sola gota, hasta que me dolió todo el cuerpo. Al verme así, el sol gritó.

—¡Nube!

No estaba de humor para hablar, así que no respondí. El sol, ya fuera inconscientemente o simplemente fi ngiendo no darse cuenta, seguía hablando.


—¿Sucede algo? ¿Por qué te escondes?

—¿Quién dice que me estoy escondiendo? Simplemente no tengo ganas de moverme.

En cuanto terminé de hablar, me di cuenta de lo cortante que había sido mi tono. El sol me calentó suavemente y esperó hasta que estuviera lista para hablar. Conmovida por esa amabilidad discreta, fi nalmente me abrí y le conté lo que había sucedido.

—Trata de escuchar algo así tú mismo. ¿Sabes lo hiriente que es? ¡Qué decepcionante!

—Ya veo. Eso debe haber dolido. Pero yo también escucho cosas así todo el tiempo. Sobre todo cuando te vas durante días. La gente dice que hace demasiado calor para soportarlo, que la sequía arruinará sus cosechas. Oigo tantas palabras llenas de quejas.

—¡Oh! ¿De verdad?

—Al principio, también fue difícil para mí. Pero cuando traté de ver las cosas desde su punto de vista, empecé a entender. Me di cuenta de que cuando hace un calor insoportable, ese tipo de palabras pueden salir sin que la gente se dé cuenta, y que cuando se preocupan por sus cosechas, no pueden evitar hablar así. Y en días despejados y claros, la gente es feliz y dice muchas cosas amables. Así que ahora, aunque oiga algo desagradable de vez en cuando, ya no me molesta.

Escuché en silencio lo que decía el sol. Era cierto. Lo que el Sr. y la Sra. Lee dijeron surgió simplemente de un momento de incomodidad; nunca tuvieron la intención de herirme. Pero seguí dándole vueltas a sus palabras en mi mente, dejando que mis sentimientos de dolor crecieran cada vez más. Al fi nal, fui yo quien cerró su corazón a la gente de abajo. Al darme cuenta de esto, sentí que mi corazón lentamente empezaba a ablandarse.

Para ser honesta, todavía no puedo olvidar lo que había visto unos días antes. Una noche, ya muy tarde, cuando el único sonido era el canto de los insectos, el Sr. Lee se detuvo junto a la ribera, contemplando sus campos secos y murmurando para sí mismo.

—Esto es serio... necesitamos lluvia. Si las cosechas fracasan, ¿cómo sobrevivirá mi familia?

Dejó escapar un profundo suspiro y se quedó allí en silencio en la oscuridad por un buen rato. Poco a poco, miré en mi interior y me reconocí como lo que era: una nube oscura y cargada, aferrada obstinadamente a sus propias gotas. Al fi nal, cambié de opinión. Había llegado el momento de desprenderme de lo que con tanto empeño había retenido.


#3
Plic, plic.

Saliendo con fuerza de mi escondite en la colina, me extendí por completo y derramé lluvia sobre todo el pueblo. Al hacerlo, sentí que no solo mi dolor, sino también los sentimientos que había guardado en mi interior durante tanto tiempo, se disipaban por completo con el agua.

—¡Vaya, está lloviendo!


—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que llovió? ¡Qué bendición!

El Sr. y la Sra. Lee, que habían estado arrancando la mala hierba en el campo seco, alzaron la vista con deleite al ver caer la lluvia. Sus rostros brillaban más que nunca. El anciano a la orilla del lago, con su caña de pescar echada en el agua, y los niños que habían estado jugando al fútbol bajo el sol abrasador sonrieron mientras la lluvia caía sobre ellos. La hierba y los árboles marchitos comenzaron a volver a la vida. La lluvia se volvió más copiosa, y mi corazón se hizo más ligero. Si hubiera sabido que se sentiría así, habría abierto mi corazón mucho antes.

Al mirar a la gente del pueblo con silencioso regocijo, mi mirada se cruzó con la del sol. Él sonrió con dulzura, luego cerró los ojos y dijo:

—Voy a descansar un momento. Despiértame cuando hayas dejado caer todas las gotas de lluvia.

—Está bien. Descansa un poco. Has trabajado duro, brillando todo este tiempo que me quedé detrás de la colina.

Queriendo que el sol descansara cómodamente, me extendí suavemente aún más. El pueblo, envuelto en un suave velo de lluvia, lucía hermoso. Algo se agitó dentro de mí, algo cálido y suave, burbujeando delicadamente, como un ligero cosquilleo en el pecho.

—¿Cómo debería llamar a este sentimiento? ¡Oh, tal vez esta sea la felicidad!
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