
Un hombre plantó fl ores en su patio. Pero su vecino plantó un árbol grande, y sus ramas se extendieron sobre la valla, echando sombra sobre su macizo de fl ores. El hombre le pidió a su vecino que cortara las ramas que sobresalían, pero el vecino se negó, diciendo que cortarlas arruinaría la belleza del árbol.
El asunto fi nalmente llegó a los tribunales. Después de escuchar a ambas partes, el juez deliberó pero pospuso su decisión. Unos días después, cuando se reunieron nuevamente en el tribunal, el juez ordenó al vecino que cortara las ramas. El hombre estaba satisfecho con el veredicto, pero desconcertado por el retraso.
—Señor juez, si el caso fue así de sencillo, ¿no pudo haberlo decidido en la primera audiencia? ¿Hubo alguna razón por la que retrasó el veredicto? —preguntó.
El juez respondió:
—Ese día, cuando estaba a punto de pronunciar la sentencia, de repente pensé en el árbol de mi propio patio cuyas ramas se extendían hasta la propiedad de mi vecino. Decidí retrasar el veredicto hasta cortar las ramas yo primero.
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