
Cuando estalló la guerra de Corea, Estados Unidos envió un gran número de tropas a Corea. En medio de feroces batallas, algunos soldados estadounidenses fueron capturados por las fuerzas norcoreanas. Los prisioneros enfrentaron hambre, frío extremo, enfermedades e incluso brutales golpizas y torturas. Dentro del campo de prisioneros, lo único que podían hacer era sobrevivir un día a la vez.
Entre ellos estaba Robert Wilkins, un soldado estadounidense que había sido vendedor de automóviles antes de su despliegue. Para levantar el ánimo de sus compañeros cautivos, comenzó a describir los autos que solía vender, prometiéndoles un descuento especial si todos llegaban a casa sanos y salvos. Su apasionado “argumento de ventas” llamó la atención y en poco tiempo había obtenido más de quinientos pedidos.
Cuando se declaró el armisticio, Wilkins regresó vivo a casa y cumplió la promesa que había hecho a sus camaradas. Su notable récord de ventas atrajo una gran atención, pero lo que quedó grabado en la memoria de muchos fue algo que dijo en una entrevista: vender autos en ese sombrío campo de prisioneros había ayudado tanto a él como a sus compañeros de prisión a olvidar su sufrimiento. En ese lugar, había sido el único vendedor de automóviles, pero los autos que “vendió” se convirtieron en un símbolo de esperanza. Y la esperanza, más que cualquier otra cosa, les dio la fuerza para soportar y llegar a casa.
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