Listo para romperse


Los investigadores de la Universidad Stanford dividieron una vez a los participantes en dos equipos y les impusieron el mismo desafío: diseñar un dispositivo protector que evitara que un huevo se rompiera al caerse. A ambos equipos se les proporcionaron materiales idénticos (alambre, palos de madera, cartón, bandas elásticas y papel higiénico) y los mismos límites de tiempo: 25 minutos para la planificación y 15 minutos para la construcción. Había solo una diferencia. El equipo A recibió un solo huevo para probar, mientras que el equipo B recibió una caja entera.

Con un solo huevo, el equipo A puso toda su energía en crear el diseño perfecto desde el principio. El equipo B, por otro lado, tenía muchos huevos para experimentar. Probaron diferentes diseños, aprendieron de cada fallo y poco a poco mejoraron su protector. Cuando se acabó el tiempo, ambos equipos ataron sus dispositivos a un huevo y los dejaron

caer desde alturas cada vez mayores. Como se esperaba, el equipo B salió victorioso. El huevo del equipo A se rompió a unos 100 centímetros, mientras que el del equipo B sobrevivió a una caída desde 185 centímetros.

Este experimento demuestra que los pequeños fracasos repetidos pueden, en realidad, aumentar las posibilidades de éxito. El resultado cambia drásticamente dependiendo de su enfoque: si procede con cautela, con miedo al fracaso, o si acepta el riesgo del fracaso, aprendiendo de cada intento. A menudo, lo que ganamos cuando algo se rompe nos enseña mucho más de lo que ganamos si no se rompe nunca.
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