
En 384 a. C., un niño nació en una familia aristocrática en Atenas. Aunque pasó sus primeros años con comodidad, perdió a ambos padres antes de los diez años, y la vasta herencia dejada por su padre fue confiscada por sus tutores. Cuando llegó a la mayoría de edad, decidió llevarlos a la corte.
El desafío era el siguiente: en la antigua Grecia, debía defender su caso en persona; sin embargo, su capacidad para hablar en público era tan escasa que apenas se atrevía a ponerse frente a una multitud. Tenía un problema del habla, era frágil y enfermaba con frecuencia, y sus pulmones eran tan débiles que se quedaba sin aliento tras solo unas pocas frases. Al haber recibido poca educación formal, también le costaba exponer sus argumentos de forma lógica. Decidido a superar estas deficiencias, entrenó sin descanso. Practicaba hablar con guijarros en la boca, se dirigía a la orilla del mar para fortalecer su voz contra el rugido de las olas, e incluso se afeitaba la cabeza y se encerraba en un sótano para copiar y analizar los discursos de oradores de renombre, estudiando la retórica paso a paso. Gracias a su incansable disciplina, en última instancia ganó su demanda. Ese hombre era Demóstenes, uno de los diez oradores más destacados de Atenas.
Más tarde, fue aclamado como un orador perfecto e impecable, el referente de la elocuencia, y una figura sin igual entre todos los oradores. La inquebrantable determinación de reclamar la herencia de su padre lo impulsó a alcanzar tales logros.
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