
En 1989, la casa de la violista británica Sally Beamish fue asaltada. Entre los objetos robados estaba su viola, un instrumento elaborado en Florencia en 1747 y con el escudo de una familia influyente. Beamish la buscó en mercadillos y tiendas de antigüedades, pero nunca la recuperó.
En lugar de sucumbir a la desesperación, decidió sacar algo positivo del oscuro episodio. Esperaba que algún día pudiera mirar hacia atrás y decir: “Si no me hubieran robado la viola, no sería quien soy hoy”. Con este renovado propósito, retomó la composición, un campo que una vez había estudiado. Como compositora, pronto se distinguió, escribiendo más de doscientas obras en una amplia gama de géneros, desde música de cámara y orquesta hasta obras vocales y corales. En reconocimiento a sus contribuciones, recibió el Premio Británico de Composición y fue nombrada miembro de la Orden del Imperio Británico.
Para un violista, la viola es casi una extensión de sí mismo. Perder un instrumento así debe haber sido devastador. Sin embargo, el robo se convirtió en un punto de inflexión en su vida, lo cual fue posible porque decidió convertir la adversidad en oportunidad.
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