El violonchelista convertido en director de orquesta


En 1886, una orquesta de Río de Janeiro, Brasil, se preparaba para la representación de una ópera. Durante un ensayo, sin embargo, el director tuvo un altercado con los músicos y se retiró de la producción. Cuando comenzó la representación, el director asistente subió al podio, pero la orquesta titubeó, provocando abucheos del público. Finalmente, la representación debió suspenderse.

Desesperados por salvar la función, los organizadores preguntaron si algún miembro de la orquesta sabía dirigir. Los músicos señalaron a uno de los suyos: un violonchelista de diecinueve años. Su deficiente vista le obligaba a leer con dificultad la partitura en su atril, forzándolo a memorizarla antes de tocar. Él no solo conocía su parte, sino la partitura completa de memoria. De repente, le entregaron la batuta y dirigió íntegramente y de memoria, conduciendo con éxito la orquesta en una actuación de más de dos horas. Ese inesperado debut lo encaminó hacia una carrera como director de orquesta. El joven violonchelista era Arturo Toscanini, quien se convertiría en uno de los directores de orquesta más célebres del siglo XX.

Si Toscanini no hubiera tenido mala vista, y por lo tanto no hubiera necesitado memorizar la música, ese día quizá nunca se habría convertido en un punto de inflexión en su vida. El esfuerzo realizado para compensar esa limitación lo había preparado, permitiéndole estar listo al presentarse la oportunidad.
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