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Todos quieren ser felices. Aunque las personas tienen diferentes estilos de vida y valores, pocos negarían que la meta final de la vida es la felicidad. Aristóteles describió la felicidad como el objetivo más alto de la vida humana, y el filósofo británico David Hume también señaló: “El propósito final de todo el empeño del hombre es lograr la felicidad. Para este fin se inventaron las artes, se cultivaron las ciencias, se dictaron las leyes y se modelaron las sociedades, bajo la más profunda sabiduría de patriotas y legisladores”. Entonces, ¿qué es exactamente la felicidad?
La definición de felicidad ha sido debatida por mucho tiempo, pero generalmente se entiende como un estado de satisfacción y alegría con la propia vida. ¿De dónde viene tal satisfacción? Cuando se les pregunta sobre las condiciones para la felicidad, muchas personas señalan factores externos como la riqueza material, el éxito social o las circunstancias de vida. Sin embargo, hay muchas personas que poseen todas estas cosas y aun así se consideran infelices. Al mismo tiempo, muchas otras afirman vivir felices sin depender de las condiciones externas.
En el cuento de Maurice Maeterlinck, El pájaro azul, los hermanos Tyltyl y Mytyl viajan por todas partes buscando al pájaro azul, pero al regresar a casa descubren que ya estaba allí, esperándolos en su jaula. El pájaro azul simboliza la felicidad, recordando a los lectores que la felicidad en última instancia reside dentro del corazón. Ya sabemos que la felicidad no se encuentra únicamente en circunstancias externas. Sin embargo, olvidamos rápidamente esta verdad y a menudo buscamos lejos la felicidad que siempre estuvo a nuestro alcance.
Tanto la felicidad como la miseria vienen del corazón
Tanto la felicidad como la miseria comienzan dentro de nosotros, y la forma en que cuidamos nuestro mundo interior en última instancia moldea la calidad de nuestras vidas. Los psicólogos enfatizan que la felicidad se puede cultivar a través de la práctica y el entrenamiento, y que su nivel varía dependiendo de la actitud y el esfuerzo de uno. En este sentido, la felicidad se parece mucho a la forma física o al talento musical: mejora con la práctica constante. Si la felicidad dependiera únicamente de factores externos, solo unos pocos elegidos podrían alcanzarla, sin importar cuánto se esfuercen los demás. Qué afortunados somos, y qué alivio nos da que las cosas no sean así.
En Los diez secretos de la abundante felicidad, Adam Jackson explica que una mentalidad negativa es una de las causas principales de la infelicidad. El hábito de la infelicidad se forma a través del ciclo repetido de pensamientos y emociones negativas. Las personas que se sienten infelices suelen estancarse en los sucesos negativos, tener una visión pesimista del futuro y ser muy autocríticas. Así, ser más feliz comienza por reconocer el propio estado mental y practicar el hábito de transformar los pensamientos negativos en positivos.
Nuestro cerebro está programado para centrarse en lo que experimentamos y pensamos con frecuencia, reforzando esos patrones poco a poco con el tiempo. Cuando dirigimos conscientemente nuestros pensamientos y palabras en una dirección positiva, el cerebro comienza a aceptarlos como creencias genuinas y a solidificarlos. Cuanto más a menudo repetimos pensamientos y palabras positivos, más los apoya el cerebro y, con el tiempo, nuestras actitudes y comportamientos también empiezan a cambiar naturalmente.
Es importante dedicar tiempo a analizar qué pensamientos ocupan nuestra mente habitualmente y las palabras que decimos. ¿Qué tipo de pensamientos ocupan nuestra mente con más frecuencia? ¿Son positivos o negativos? ¿Realmente nos benefician? Aunque no siempre podemos controlar lo que sentimos, con práctica constante sí podemos moldear lo que pensamos y decimos. En lugar de tomar una postura pasiva, hablando y actuando sobre cada pensamiento a medida que surge, una actitud proactiva de elegir pensamientos que nos benefician conduce a una vida más plena y feliz.
El lenguaje y el pensamiento son inseparables
El lenguaje es más que una simple herramienta de comunicación. No es simplemente una colección aleatoria de símbolos unidos. Expertos de diversas áreas coinciden en que el lenguaje y el pensamiento son inseparables. No pensamos solo en imágenes; también pensamos a través del lenguaje. El lenguaje sintetiza el proceso mediante el cual percibimos e interpretamos la información del entorno que nos rodea. A través del lenguaje, pensamos y expresamos lo que hemos pensado. Esto revela qué profundamente está conectada nuestra forma de hablar con nuestra manera de pensar.
Pensar a través del lenguaje se conoce como diálogo interno. A lo largo del día, innumerables corrientes de diálogo interno surgen automáticamente en nuestra mente, a menudo sin ninguna intención consciente. Por esta razón, el diálogo interno nunca debe tomarse a la ligera. ¿Qué sucede si la mayor parte de ese diálogo interno es negativo? Cuando estamos expuestos todo el día a críticas, reproches o quejas de los demás, nuestro estado de ánimo se oscurece e incluso nuestra salud física puede sufrir. De la misma manera, el diálogo interno negativo conduce a frecuentes sentimientos de preocupación y ansiedad, nos hace más vulnerables al estrés y, en última instancia, debilita nuestra capacidad para regular nuestras emociones.
Las palabras tienen un impacto inmediato en el estado emocional del hablante. Una sola frase puede instantáneamente entristecer el corazón o comenzar a sanarlo. Los momentos de emoción negativa son precisamente cuando el poder del lenguaje más importa. Los sentimientos negativos se pueden contrarrestar con palabras positivas. Mientras que las emociones negativas surgen fácilmente y sin esfuerzo, cultivar emociones positivas requiere intención. En lugar de detenerse en pensamientos como: “Debería dejar de pensar de esta manera”, decir deliberadamente palabras positivas en voz alta puede disminuir el impacto de las experiencias desagradables y ayudar a liberar las emociones vinculadas a ellas. Esto no significa que las emociones negativas sean inherentemente malas. Un cierto nivel de ansiedad o estrés puede ser motivador, pero cuando esas emociones se vuelven excesivas, ya no nos sirven. Es por eso que es necesario regularlos a través del diálogo interno consciente.
El poder del diálogo interno positivo
Cuando estamos atravesando un momento difícil, escuchar a alguien decir: “Debe ser realmente difícil, pero estás haciendo un gran trabajo”, puede brindarnos consuelo y renovada fuerza, incluso sin una solución clara. Por eso, cuando un ser querido está pasando por un momento difícil, intentamos estar presentes y reconfortarlo con palabras cálidas que le den ánimos. Sin embargo, cuando nosotros mismos nos sentimos heridos o exhaustos, solemos encerrarnos en un diálogo interno negativo, diciéndonos cosas como: “¿Por qué me pasa esto?” o: “No sirvo para nada”. Si bien las palabras de aliento de los demás son significativas, las palabras que nos decimos a nosotros mismos son las que más importan.
El diálogo interno se forma en gran medida durante la infancia. Aprendemos nuestro lenguaje interior escuchando a los adultos más cercanos a nosotros. En el proceso, podemos adoptar inconscientemente formas de hablar (o patrones de pensamiento) que nunca necesitábamos aprender. La verdad tranquilizadora es que una vez que nos damos cuenta de esto, podemos cambiarlo. Con intención y práctica, el diálogo interno siempre puede transformarse para mejor.
Cuando nos despertemos por la mañana, intentemos decir algo positivo, aunque parezca un poco forzado: “Hum, me siento renovado. Estoy deseando que llegue el día de hoy”. Es posible que notemos una mejora en nuestro estado de ánimo y que comience a crecer una sensación de expectativa. Cuando comemos, decir: “Vaya, esto está delicioso”, puede hacer que la comida tenga mejor sabor. En los días despejados, digamos: “¡Qué cielo tan claro! Me pone de muy buen humor”. En los días nublados o lluviosos, tratemos de notar los aspectos positivos y silenciosos que ofrecen. Y aun cuando las cosas no salen como se planearon, hablémonos con esperanza: “Está bien. Seguramente hay hago que me está enseñando esta situación”. Las palabras que elegimos cuando nos hablamos a nosotros mismos dan forma a las emociones que sentimos y las decisiones que tomamos.
digamos: “¡Qué cielo tan claro! Me pone de muy buen humor”. En los días nublados o lluviosos, tratemos de notar los aspectos positivos y silenciosos que ofrecen. Y aun cuando las cosas no salen como se planearon, hablémonos con esperanza: “Está bien. Seguramente hay hago que me está enseñando esta situación”. Las palabras que elegimos cuando nos hablamos a nosotros mismos dan forma a las emociones que sentimos y las decisiones que tomamos.
Todo el mundo es agricultor. Cada uno de nosotros tiene un campo llamado corazón, que pasamos toda nuestra vida cultivando y cuidando. Para mantener un campo saludable, es necesario regarlo, fertilizarlo y observarlo cuidadosamente. De la misma manera, cultivar un corazón fértil requiere un cuidado atento y un esfuerzo constante. Enriquecemos el suelo de nuestro corazón al arrancar los pensamientos negativos que nos agotan lentamente y al hablarnos con palabras positivas. Se puede discernir si un corazón es fértil o estéril simplemente escuchando las palabras que una persona usa. Entre todas las palabras positivas, la forma más elevada es la gratitud. Cuando la gratitud se convierte en el lenguaje principal del diálogo interno, el corazón se convierte en un suelo rico y fértil: terreno ideal para el crecimiento.
¿Nos hundiremos en la depresión y la ansiedad, luchando por mantenernos a flote, o avanzaremos hacia el mañana con alegría y vitalidad? Al final, la felicidad depende de cómo hablemos. Esto no significa hablar elocuentemente, sino hacer un esfuerzo consciente y sostenido para formar un hábito de diálogo interno positivo: palabras llenas de gratitud, alegría y esperanza. No es exagerado decir que las frases que repetimos día tras día determinan el curso de nuestra vida. Dicho de otra manera, cuando decimos que “la felicidad está cerca”, se puede expresar así: “La felicidad está determinada por la conversación que tenemos con nosotros mismos: nuestro diálogo interno”.
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