Manos pequeñas, gran calidez

Hubo un festival en la escuela secundaria de mi hija mayor. Como era el primer evento a gran escala destinado a las familias, mi hija menor y yo fuimos a la escuela con mucha emoción. El festival duró más de lo previsto. Al ponerse el sol, el calor del día se desvaneció y el aire se tornó frío. Incluso después de ponerme la camiseta de manga larga que había traído, seguía sintiendo frío.

—Ru-da, ¿no tienes frío? —pregunté.
—Solo un poco —respondió ella.

Saqué otra camiseta de mi bolso y la ayudé a ponérsela. Entonces, cuando me volví para ver el escenario, ella me tomó de la mano discretamente. Quizá mi mano estaba fría; me soltó, se frotó las manos, sopló aire caliente en ellas y luego envolvió suavemente la mía con las suyas. La escena era tan dulce y conmovedora que no pude evitar sonreír.

—¿Estás calentando mi mano porque crees que tengo frío? —pregunté.

Ru-da respondió con una sonrisa dulce e inocente. En ese momento, una tierna emoción brotó dentro de mí. Aunque era un gesto tan pequeño, su deseo de calentar la mano de su madre le parecía más valioso que cualquier otra cosa. Ese día, las manos de mi hija, más cálidas que cualquier calefactor, no solo calentaron mis dedos, sino que también llenaron mi corazón de una calidez perdurable.
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