Soy madre de tres hijos. Un día, fui al mercado y volví a casa con las manos llenas: calamar seco para mi hijo mayor, espinacas para mi hija, costillas estofadas y anchoas salteadas para mi hijo menor. Pasé tres horas de pie en la cocina, preparando cuidadosamente cada plato. Pero no me sentía cansada. El solo hecho de pensar en mis hijos disfrutando de la comida me llenaba de pura felicidad.
—Mi mamá también debe de haber sido así. ¿Es esto lo que significa que el amor fluya hacia abajo? —me pregunté.
Como hija única, crecí sin mojarme las manos por las tareas domésticas. Después de casarme, mamá siempre se preocupó por mí. Ella preparaba generosos lotes de kimchi, verduras sazonadas, pasta de soja y pasta de pimiento picante, siempre más que suficiente. Incluso ahora, aunque tengo más de cincuenta años, ella todavía se preocupa por mí, asegurándose de que tenga todo lo que necesito.
—¿Te queda kimchi en casa? Preparé caballa estofada, llévatela.
—Mamá, yo ya sé cocinar. Debería comerla usted —le respondo.
Por más que protesto, ella sigue buscando por toda la casa, intentando encontrar algo más para mí.
Fue solo después de convertirme en madre que realmente entendí lo profundo y cálido que es su amor. Incluso un solo plato de guarnición requiere mucho trabajo: comprar los ingredientes, picarlos, hervir, sazonar y mezclar, y cada paso se hace con cuidado. Su devoción y sacrificio nutrieron a nuestra familia, manteniéndonos saludables y felices.
Ahora, me estoy convirtiendo en una madre como ella, una cuyas manos y corazón están llenos de amor. El amor que una vez daba por descontado, finalmente puedo sentirlo profundamente, como madre: un amor más allá de las palabras, que nutre, se sacrifica y sostiene.