Cuando esperaba a mi primer hijo, de repente desarrollé rinitis alérgica, algo que nunca antes había experimentado. Los síntomas empeoraron tras los nacimientos de mi segundo y mi tercer hijo. Cada primavera, cuando el polen llenaba el aire, los estornudos y la secreción nasal eran solo el comienzo. Los ojos se me enrojecían y sangraban, además, los párpados se me hinchaban tanto que me resultaba imposible salir a la calle. Y no era solo en primavera. En verano, hasta la brisa de un ventilador o del aire acondicionado me provocaba los síntomas. Cuando cambiaban las estaciones y las temperaturas oscilaban bruscamente, el sufrimiento volvía.
Visité hospitales y clínicas de medicina tradicional supuestamente especializadas en el tratamiento de la rinitis, pero nada me ayudó. Tenía la nariz congestionada constantemente y a menudo debía usar pañuelos para tapármela y poder pasar el día. Me costaba incluso respirar, y cuidar de tres niños pequeños en esas condiciones fue agotando poco a poco tanto mis fuerzas como mi ánimo.
Un día, mi padre trajo consigo un buen puñado de capullos secos de magnolia.
—Según he oído, los capullos de magnolia son buenos para la rinitis. Prueba a preparar té con ellos.
Aferrándome incluso a la más mínima esperanza, preparaba con esmero un té con los brotes de magnolia y lo bebía todos los días. Poco a poco, esos síntomas implacables comenzaron a desaparecer. Cuando mi padre se enteró de la noticia, siguió trayéndome capullos de magnolia secos cada primavera.
Al cabo de varios años, mis síntomas mejoraron hasta tal punto que una sola dosis de medicamento bastaba para aliviarlos. Por fin podía salir a la calle libremente en primavera, como todo el mundo.
—Papá, creo que ya no hace falta que me traiga capullos de magnolia.
—¿Estás segura de que estarás bien sin ellos? Bueno, supongo que finalmente puedo tomarme un descanso.
Solo entonces supe que cada primavera, antes de la floración de las magnolias, él recorría las montañas recogiendo los capullos, en busca de los más puros, lejos de las carreteras y de los gases de los vehículos. Hasta entonces, daba por sentado que en su casa siempre había capullos de magnolia secos. Al darme cuenta de cómo me había ayudado, se me llenaron los ojos de lágrimas.
Mi padre enviudó a los cuarenta y cinco años. Tras el repentino fallecimiento de mi madre, se quedó solo para criar a tres hijos. Qué agobiado debe de haberse sentido. Durante años, lo consideré una persona severa y reservada. Pero ahora, al reflexionar al respecto, comprendo que él expresaba su amor a su manera, tan discreta; simplemente no supe reconocerlo. Detrás de su apariencia serena, había un amor profundo y constante, siempre presente, silenciosamente a nuestro lado. Antes de que sea demasiado tarde, me gustaría convertirme en una hija capaz de devolver el amor recibido.