El lavabo del baño estaba obstruido, y el agua no drenaba correctamente. Asumí que mi esposo se encargaría de ello, así que seguí usándolo a pesar de los inconvenientes. Pero después de varios días, nada había cambiado. Cuando finalmente lo mencioné, dijo que lo arreglaría en su día libre. Sin embargo, a la mañana siguiente, me sorprendió encontrar el agua corriendo sin problemas de nuevo.
—¿Lo arreglaste de la noche a la mañana? —pregunté—. ¿Qué estaba causando el bloqueo?
—Solo había un poco de pelo enredado en el drenaje —respondió.
—Debe de haber sido mío. ¡Lo siento mucho!
—Suele pasar —dijo—. Solo avísame si se vuelve a tapar. Me conmovió profundamente su respuesta.
—¡Vaya, realmente eres el mejor! Dios debe haberte enviado a mi vida como un regalo especial solo para mí.
Mi esposo no mencionó de inmediato la causa de la obstrucción, quizá para evitarme cualquier vergüenza. No me culpó para nada; simplemente lo arregló y me dijo que siguiera usando el lavabo como siempre lo había hecho.
—¿Cómo logras hablar tan amablemente siempre? —le pregunté.
—Si eso significa que la persona que amo puede usar el lavabo cómodamente
—respondió—, entonces, limpiarlo no es ningún problema.
Desde aquel día, he tenido mucho más cuidado de no dejar que el pelo se vaya por el drenaje. Sus amables palabras me conmovieron tan profundamente que, naturalmente, sentí el deseo de ser más considerada con él a cambio. Experimentar este hermoso efecto dominó de bondad me ayudó a comprender, más profundamente que nunca, el gran poder de nuestras palabras, y por ello, estoy muy agradecida.