La felicidad reside en comer bien y vivir bien

La comida tiene un impacto sobre nuestro cuerpo y nuestra mente. Cuando recibimos con gratitud los dones de la naturaleza, tanto el cuerpo como la mente se llenan de felicidad.

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Comer es una de las actividades humanas más básicas, inseparable de la vida misma. Es algo en común entre todos los seres vivos. Los ecosistemas se mantienen gracias a la cadena alimentaria, donde la vida se alimenta de la vida. Los primeros capítulos de la historia de la humanidad también estuvieron marcados por la búsqueda de alimento. Para sobrevivir, los humanos fabricaban herramientas, cazaban, recolectaban y cultivaban la tierra.

Por esta razón, la alimentación siempre ha estado estrechamente ligada a nuestra forma de vida. A menudo, oímos decir que el secreto de una buena vida consiste simplemente en comer bien y vivir bien. Solemos describir el trabajo como algo que “nos da de comer”, y la eterna pregunta: “¿Comemos para vivir o vivimos para comer?” sigue planteándose con frecuencia. En este sentido, comer y vivir no se pueden separar. Vivir es comer, y comer es vivir. Al fin y al cabo, comer bien es vivir bien.



El cuerpo está compuesto en función de nuestros hábitos alimenticios



Las orugas de pino que se alimentan de agujas de pino viven en bosques de pino, y los pandas que comen hojas de bambú viven en bosques de bambú. Las moscas que surgen de los restos de comida revolotean sobre los alimentos en descomposición, y las abejas que se alimentan de néctar revolotean entre las flores. Los flamencos se vuelven rosados porque comen alimentos ricos en pigmentos carotenoides, como cangrejos y camarones. Los koalas, cuya dieta se basa en las hojas tóxicas del eucalipto, duermen muchas horas mientras su organismo digiere lentamente las hojas.

Así como la dieta de un animal influye profundamente en el propio animal, ocurre lo mismo con los seres humanos. “Eres lo que comes”. “Dime qué comes y te diré quién eres”. Frases como estas, que resaltan la importancia de la alimentación, ya no se descartan como exageraciones. Cada vez más, son reconocidas como verdades apoyadas por la ciencia.

El proceso digestivo humano ilustra claramente esta idea. Cuando el alimento entra en la boca y se mastica, se descompone en pedazos más pequeños y la saliva inicia el proceso de digestión. A continuación, el alimento ingerido recorre el esófago hasta llegar al estómago, donde los jugos gástricos continúan descomponiéndolo. Luego pasa al intestino delgado, donde se digiere aún más y se absorbe en el torrente sanguíneo. Mientras los nutrientes se transportan a través de la sangre hasta los tejidos y órganos del cuerpo, cada célula recibe la energía necesaria para funcionar, manteniéndose así la vida.

Las células son las unidades básicas del cuerpo humano. Se descomponen y renuevan constantemente según sus ciclos de vida. Los nutrientes necesarios para este proceso —proteínas, grasas, carbohidratos, vitaminas y minerales— se suministran en gran medida gracias a los alimentos consumidos. Al comer y beber, el cuerpo absorbe nutrientes del exterior del cuerpo, produciendo la energía necesaria para la actividad y formando glóbulos rojos, tejidos corporales y órganos. En este sentido, no es exagerado decir que, literalmente, somos lo que comemos.

Vivimos toda nuestra vida en este único cuerpo. Nuestros padres nos dieron nuestros cuerpos, pero depende de nosotros cuidarlos y mantenerlos sanos. Por lo tanto, debemos evitar todo aquello perjudicial para el organismo y asumir la responsabilidad de los alimentos elegidos.



Lo que comemos moldea la mente



La comida nos da mucha alegría. Hay quien incluso dice: “¿Qué sería de la vida sin el placer de comer?”. De hecho, comer estimula muchos de nuestros sentidos. Una mesa repleta de una variedad de platos coloridos deleita la vista, al tiempo que los sabores y texturas experimentados al masticar satisfacen nuestros sentidos del gusto y del olfato. Estas experiencias sensoriales activan el centro de recompensa del cerebro, creando sensaciones de placer y felicidad, además de ayudar a reducir el estrés.

Aunque el simple hecho de comer puede mejorarnos el ánimo, la neurociencia también ha revelado que los nutrientes en los alimentos que consumimos influyen en nuestros pensamientos y emociones. Las emociones humanas se ven afectadas por los neurotransmisores, cuyos precursores1 no se producen espontáneamente en el organismo sino que se derivan de los alimentos ingeridos. En otras palabras, nuestros alimentos pueden influir en el funcionamiento del cerebro. En particular, la serotonina, a menudo denominada “hormona de la felicidad” debido a su papel central en la salud mental, está estrechamente relacionada con nuestra dieta, ya que la mayor parte de ella se produce en el sistema digestivo.

Por lo tanto, nuestro estado de ánimo puede variar en función de nuestra alimentación, y nuestros hábitos dietéticos a largo plazo pueden influir significativamente en la salud mental. Mind, una organización benéfica de salud mental en el Reino Unido, informó que en un estudio de 200 personas con síntomas de depresión, trastorno de pánico y ansiedad, alrededor del 90 % de quienes adoptaron una dieta natural basada en alimentos integrales experimentaron una mejora en sus síntomas. Asimismo, un estudio de la Universidad de Agder, Noruega, tras analizar la alimentación de más de 40 000 niños, reveló una clara relación entre la alimentación y la personalidad. Los niños que crecieron con una alimentación más saludable obtuvieron mejores puntuaciones en rasgos como la conciencia, la apertura, la extraversión y la amabilidad.

El psiquiatra estadounidense Dr. Drew Ramsey señala que, si bien no podemos controlar nuestros genes, podemos controlar nuestra alimentación y, a través de esas decisiones, cuidar la salud cerebral cada día. Puede resultar difícil rastrear constantemente la relación de causa y efecto entre nuestra alimentación y cómo nos sentimos. Pero si nos importa nuestra salud mental, nos conviene recordar que los alimentos influyen no solo en nuestro cuerpo, sino también en nuestra mente.



¿Qué y cómo debemos comer?



Como comer es algo cotidiano, a veces las comidas pueden empezar a parecer una tarea más para cumplir. Ahora bien, la vida misma está muy ligada a la alimentación, entonces no podemos evitar seguir haciéndonos la pregunta: ¿qué debemos comer y cómo debemos hacerlo? En primer lugar, debemos reflexionar sobre los criterios aplicados al elegir los alimentos para nosotros y nuestras familias. Confiamos plenamente en el poder curativo de los medicamentos, pero a menudo no prestamos mucha atención a los efectos de los alimentos en nuestra salud. Con demasiada frecuencia, elegimos qué comer simplemente porque nos gusta o porque es cómodo, sin tener en cuenta sus nutrientes, los ingredientes utilizados o cómo se ha preparado.

Es bien sabido que la comida rápida y los platos precocidos no son buenos para la salud. La comida chatarra y los alimentos procesados, diseñados para estimular el apetito mediante combinaciones cuidadosamente balanceadas de dulzor, sal y grasa, a menudo proporcionan poco más que un placer momentáneo para el paladar, al tiempo que aportan muy pocos de los nutrientes realmente necesarios para el organismo. En su libro Food Rules, el profesor Michael Pollan de la Universidad de California, Berkeley, sostiene que el simple hecho de aprender a distinguir los alimentos auténticos de los productos industriales supone un gran paso para afrontar el reto de comer bien.

La comida saludable se elabora con ingredientes naturales, como fruta fresca, verduras, carne, pescado y frutos secos. Estos alimentos son ricos en nutrientes esenciales, como carbohidratos, proteínas, grasas, vitaminas y minerales. Una dieta equilibrada rica en estos nutrientes favorece no solo la salud física, sino también la estabilidad emocional. De esta manera, la alimentación saludable se convierte en la base de la felicidad y de una mejor calidad de vida.

Tan importante como lo que comemos es con quién compartimos nuestras comidas. Comer es necesario para sobrevivir, pero también es una actividad social significativa. El placer de comer es mayor cuando lo compartimos con nuestros seres queridos. Compartir una buena comida y una agradable conversación con los seres queridos —familiares y amigos— no solo trae felicidad, sino también fortaleza y ánimo para afrontar la vida. Incluso compartir una comida con la familia durante unos veinte minutos tres o más veces a la semana puede mejorar el bienestar físico y emocional. La comida compartida en familia tiene un valor muy superior al simple hecho de alimentarse.



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Si las fuentes de energía humana fueran tan limitadas como la alimentación animal o el combustible para automóviles, la cuestión de qué comer desaparecería, y con ella, el placer de comer. Afortunadamente, los seres humanos pueden disfrutar de una amplia variedad de alimentos, cada uno con su propio sabor, aroma y textura.

La Tierra, el hogar de la humanidad, es como un enorme almacén de ingredientes. Las montañas, los mares y los campos rebosan de vida y, dependiendo del clima y la geografía, la naturaleza nos ofrece una gran variedad de alimentos para llenar nuestras mesas. Sin embargo, a pesar de tanta abundancia, ¿cómo sería la vida si careciéramos del gusto y del olfato? El placer de comer —y tal vez incluso el placer de la vida misma— se desvanecería. Por eso, debemos estar agradecidos por cada bocado de pan, cada rodaja de fruta y cada pedazo de carne.

Hay una clara diferencia entre simplemente comer una comida y saborearla en familia con gratitud: gratitud por la naturaleza, que nos provee de ingredientes frescos y nutritivos imposibles de crear por nosotros mismos, por las personas dedicadas a cosecharlos, por quienes los preparan y los sirven en la mesa y por los sentidos que nos permiten disfrutar de su sabor y aroma. Quizá quienes viven así puedan decir que comen bien y viven bien.


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1. Una sustancia a partir de la cual se forma otra sustancia. El triptófano es un precursor de la serotonina, y la tirosina lo es de la dopamina.

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