
sentí que no tenía ni un solo par de zapatos.
Cuando me quejé: “No tengo zapatos”,
mi esposo y mi hijo se marcharon en silencio.
Un momento después regresaron,
cada uno sosteniendo un zapato con una sonrisa traviesa,
y preguntaron: “¿Y de quién son estos zapatos?”.
Su broma me hizo reír a carcajadas.