
Estaban tan fascinados por los nuevos juguetes
que perdieron completamente la noción del tiempo.
Cuando llegó el momento de irnos, no se movían,
por más que se lo pedía.
—¡Vamos, tenemos que ir a la casa deprisa! —dije fi nalmente
con un suspiro.
Para mi sorpresa, se levantaron de inmediato
y me siguieron obedientemente.
Pero mientras bajábamos por el ascensor,
mi hijo mayor miró hacia arriba y preguntó:
—Mamá, ¿dónde está la casa de Prisa?