
Mi hijo llegó a casa de la guardería con emparedados que él mismo había preparado. Señalándolos uno por uno, dijo con orgullo: “Papá, mamá, el bebé y yo”. Me conmovió ver sus pequeñas manos creando los rostros de nuestra familia. Eran emparedados tan llenos de amor que llenaban no solo nuestros estómagos, sino también nuestros corazones.