
En la esquina de un café, una golondrina había construido un nido. En el interior, cuatro polluelos se acurrucaron muy juntos. Al cabo de un rato, apareció la golondrina madre con comida en el pico y comenzó a alimentarlos uno por uno. Entonces algo me llamó la atención. Un polluelo, que ya había comido, apartó al que tenía al lado y ocupó su lugar. Al observar con más detenimiento, noté que el que empujaba era corpulento, mientras que el que era apartado parecía bastante débil. —Tal vez no ha crecido bien porque los demás le quitan su parte de la comida —pensé. Pero me equivoqué. Como si hubiera notado el cambio, la madre golondrina se aseguró de alimentar al polluelo que había sido apartado. No dejó a ninguno sin comer, ya que la madre alimentó a cada uno por turnos. Al observarla, no pude evitar sentir asombro. En ese momento, recordé el corazón de la Madre celestial, que vela con amor por cada uno de sus hijos sin excepción. Agradezco profundamente por su atento cuidado y su amor infinito.