Los que se negaron a rechazar la verdad


En 1896, el teniente coronel Georges Picquart del Estado Mayor del Ejército francés hizo un descubrimiento sorprendente mientras revisaba los archivos de un caso que había sido cerrado hacía dos años. Se dio cuenta de que el capitán Alfred Dreyfus, sentenciado por pasar secretos militares a Alemania y condenado a cadena perpetua en una isla remota, había sido acusado falsamente. Dreyfus era judío, y el antisemitismo estaba muy extendido en Francia y en gran parte de Europa en aquella época. Después de completar su investigación, Picquart identificó al verdadero culpable y se lo informó a sus superiores, pero sus hallazgos fueron ignorados.

Decidida a buscar justicia, la familia Dreyfus acusó valientemente al verdadero espía. Sin embargo, los militares alteraron las pruebas y sobornaron a los testigos, lo que dio lugar a que el autor fuera absuelto. Indignado por esta injusticia, el novelista francés Émile Zola publicó en la prensa su famosa carta abierta, J’accuse...! (¡Yo acuso...!). Sus palabras desataron una controversia a nivel nacional, dividiendo a la sociedad francesa sobre la cuestión del nuevo juicio. Bajo la creciente presión pública, el caso finalmente se reabrió, y en 1906, después de doce largos y agotadores años de lucha legal y política, Alfred Dreyfus fue finalmente absuelto.

Los que se opusieron a las fuerzas decididas a ocultar la verdad se enfrentaron a encarcelamiento e incluso a amenazas de muerte. Sin embargo, su coraje aseguró la justicia para un hombre inocente. El impacto transcendió las fronteras de Francia: el caso Dreyfus se convirtió en un catalizador para el cambio, acelerando el movimiento sionista y fortaleciendo los llamamientos para el establecimiento de una patria judía en Palestina.
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